Cada vez más mujeres estudian arquitectura. En el Reino Unido, representan casi la mitad del alumnado de esta disciplina. Sin embargo, conforme avanza su carrera profesional, la presencia femenina disminuye de forma considerable. Cuando llega el momento de ocupar puestos de liderazgo, casi la mitad ya abandonó la profesión.
La pregunta ya no es por qué las mujeres eligen estudiar arquitectura, sino por qué tantas sienten que no pueden permanecer en ella.
Diversos estudios y experiencias compartidas por profesionales apuntan a una combinación de factores que incluye largas jornadas laborales, escasa flexibilidad, diferencias salariales y una cultura laboral que sigue dificultando la conciliación entre la vida profesional y familiar.
El talento femenino sigue desapareciendo a mitad de la carrera
Aunque las universidades han logrado atraer a más mujeres, solo entre el 28 y el 31 % de las personas registradas como arquitectas en etapas intermedias de su carrera son mujeres.
La autora del análisis señala que el problema no radica en el acceso a la profesión, sino en la permanencia. Muchas arquitectas llegan a la treintena y descubren desigualdades que antes pasaban desapercibidas, especialmente cuando aparecen responsabilidades familiares o buscan avanzar hacia puestos de mayor responsabilidad.
Una profesión que todavía exige disponibilidad permanente
A diferencia de sectores como la medicina o el derecho, donde se han incorporado esquemas de trabajo flexible y mejores políticas de maternidad y corresponsabilidad, la arquitectura continúa funcionando bajo un modelo que premia la disponibilidad constante y las jornadas extensas.
Además, los salarios de quienes ejercen la arquitectura en niveles intermedios suelen ser considerablemente menores que los de profesionales con una formación similar en otras disciplinas. Esa diferencia hace que reducir la jornada laboral para cuidar a una familia resulte económicamente inviable para muchas personas.
Permanecer también implica hacer concesiones
El artículo recoge experiencias de cuatro arquitectas. Dos permanecieron en la profesión y dos decidieron migrar hacia áreas como la gestión de proyectos y la consultoría.
Quienes continuaron en arquitectura lograron mantenerse gracias a políticas de trabajo flexible y al apoyo de sus parejas para compartir las responsabilidades de cuidado. Aun así, ambas reconocen que enfrentan salarios que apenas compensan el costo del cuidado infantil y jornadas que reducen el tiempo con sus familias.
Las dos profesionales que cambiaron de rumbo encontraron mejores salarios, prestaciones de maternidad, mayor estabilidad y trayectorias laborales más claras. Sin embargo, también reconocen que dejaron atrás la oportunidad de seguir diseñando, una de las razones que originalmente las llevó a estudiar arquitectura.
El cambio también depende de la cultura laboral
La autora sostiene que la arquitectura forma a mujeres en igualdad de condiciones, pero pierde ese talento porque aún no logra construir una cultura laboral compatible con la vida familiar.
Más que atraer nuevas generaciones, el reto consiste en conservarlas. Para lograrlo, propone revisar horarios, esquemas salariales, oportunidades de crecimiento y, sobre todo, transformar una cultura que permita a mujeres y hombres compartir de manera equitativa las responsabilidades de cuidado.














