La conversación sobre GROK, el sistema de inteligencia artificial desarrollado por xAI, no solo gira en torno a innovación o libertad de expresión. En las últimas semanas, el uso y mal uso de esta herramienta volvió a encender las alarmas por un problema que crece sin control: la pornografía generada con inteligencia artificial, especialmente aquella que recrea cuerpos y rostros de mujeres sin su consentimiento.
Aunque GROK no fue creado con ese fin, la discusión es clara: las IA generativas están siendo utilizadas para producir contenido sexual no consensuado, incluidos deepfakes pornográficos. Esto no es un error técnico, es una violencia digital que ya tiene consecuencias reales.
La pornografía hecha con IA no es solo “contenido falso”. Se trata de imágenes y videos hiperrealistas que colocan a mujeres, muchas veces figuras públicas, periodistas o creadoras, en escenas sexuales que nunca existieron, pero que circulan como si fueran reales.
Expertas advierten que este tipo de material provoca daños emocionales, reputacionales y laborales, además de reforzar una cultura donde el cuerpo de las mujeres sigue siendo material disponible para el consumo ajeno. La tecnología avanza rápido; la protección legal, no tanto.
Uno de los principales problemas es que las herramientas de IA avanzan más rápido que las leyes. En muchos países, la pornografía generada con IA aún no está claramente tipificada como delito, lo que deja a las víctimas en una zona gris legal.
Aquí es donde entra la discusión sobre la responsabilidad de las empresas tecnológicas. No basta con decir que la herramienta es neutral. Si una plataforma permite, facilita o no frena estos usos, también forma parte del problema. La falta de filtros efectivos, protocolos de denuncia claros y respuestas rápidas normaliza la violencia digital.
Hablar de GROK y la pornografía con IA no es satanizar la tecnología. Es poner límites éticos. La inteligencia artificial no existe en el vacío: reproduce desigualdades, sesgos y violencias del mundo real.
Si no se actúa ahora, con regulación, educación digital y exigencias claras a las plataformas, este tipo de contenido seguirá creciendo. La innovación sin ética no es progreso, es otra forma de abuso con un nombre más sofisticado.
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