Cada mes de enero, las cabalgatas de Reyes Magos llenan las calles de España de música, regalos y celebración. Sin embargo, junto a la ilusión infantil, persiste una práctica que colectivos antirracistas denuncian desde hace años: el uso del blackface para representar al rey Baltasar. Lejos de ser una costumbre inocente, esta práctica es una forma de racismo normalizado en el espacio público.
El blackface consiste en que personas blancas se pinten la cara de negro para imitar a personas negras o racializadas. En las cabalgatas, esta caracterización suele ir acompañada de labios exagerados, gestos caricaturescos o acentos ridiculizantes. Activistas y organizaciones como Afroféminas y SOS Racismo explican cómo estos elementos refuerzan estereotipos ofensivos y perpetúan una visión deshumanizante de las personas negras.
El debate sobre el blackface no puede separarse de su origen histórico. Esta práctica se remonta al siglo XIX en Estados Unidos, cuando actores blancos se maquillaban para ridiculizar a las personas negras esclavizadas en espectáculos de trovadores. Aquellas representaciones sentaron las bases culturales de la segregación racial y de las leyes Jim Crow.
De acuerdo con el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana del Smithsonian, estas caricaturas ayudaron a consolidar la idea de la superioridad blanca y a normalizar la burla hacia la población negra. Por ello, los colectivos antirracistas insisten en que el blackface no pierde su carga racista por realizarse en un contexto festivo o religioso.
Para la población afrodescendiente en España, el blackface no es un debate teórico. Es una experiencia cotidiana de exclusión simbólica. Afroféminas ha denunciado reiteradamente que estas representaciones normalizan el racismo y afectan especialmente a la infancia negra y racializada, que ve cómo sus rasgos son caricaturizados en celebraciones públicas.
“El desfile ayuda a normalizar la esclavitud como algo inofensivo en el imaginario colectivo”, señaló Elvira Swartch Lorenzo, integrante de Afroféminas. De acuerdo con el colectivo, los estereotipos difundidos por el blackface alimentan prejuicios contra personas migrantes y afrodescendientes en los territorios donde se realizan las cabalgatas.
Quienes defienden el blackface suelen apelar a la tradición y a las buenas intenciones. Sin embargo, desde una perspectiva antirracista, la intención no anula el daño. Una tradición, aunque cambié sus intenciones, sigue siendo racista. ¿Por qué necesitan pintarse la cara? ¿Por qué en pleno 2026 no pueden incluir a personas negras en los desfiles? ¿es tradición o es que España es un país sumamente racista?
Y es justo esto lo que la crítica busca: no es eliminar la figura de Baltasar, sino cuestionar por qué sigue siendo representado mediante maquillaje racializado, en lugar de ser interpretado por una persona negra.
En los últimos años, varias ciudades españolas han avanzado en este sentido. Algunos municipios han eliminado el blackface y han apostado por una representación auténtica. No obstante, la práctica persiste en numerosas localidades, como Alcoy o Igualada, y hasta en fechas recientes también en Sevilla, lo que genera debates recurrentes y campañas como #StopBlackfaceInSpain.
Las respuestas de los ayuntamientos han sido diversas. En muchos casos, el silencio ha sido la reacción predominante. En otros casos, se han emitido disculpas formales que no siempre se traducen en cambios reales. Según Afroféminas, las instituciones conocen el significado del blackface, pero evitan asumir la responsabilidad política e histórica que conlleva reconocerlo como racismo.
Algunos organizadores sostienen que las cabalgatas son abiertas e inclusivas y que los voluntarios reflejan la diversidad de la ciudad. Sin embargo, para los colectivos antirracistas, la inclusión no puede coexistir con una práctica que convierte el color de la piel en un disfraz.
El debate sobre el blackface revela una cuestión más profunda: la dificultad de España para reconocerse como un país atravesado por el racismo estructural. Afroféminas alude al concepto de “ignorancia estructural”, desarrollado por el filósofo Charles W. Mills, para explicar cómo se minimiza o se niega el racismo mientras se perpetúan prácticas coloniales en el espacio público.
El mapa elaborado por este colectivo, que identifica alrededor de 200 localidades donde se sigue utilizando blackface, no busca señalar pueblos concretos. Su objetivo es visibilizar una realidad ampliamente normalizada y abrir un debate social que se ha postergado durante años.
Desde el antirracismo, el mensaje es claro: pintarse la cara de un color que no es el propio para representar a otra raza es racismo, independientemente del contexto o de la intención. Revisar las cabalgatas de Reyes Magos no significa atacar la cultura popular, sino transformarla para que sea verdaderamente inclusiva.
El camino hacia el cambio pasa por la educación, la voluntad política y la escucha activa de las comunidades negras y racializadas. Solo así será posible construir celebraciones que no reproduzcan la burla ni la exclusión, sino que reflejen una sociedad plural, diversa y consciente de su historia.
El nombre de Nicole Good comenzó a circular con fuerza en redes sociales y medios…
La conversación sobre GROK, el sistema de inteligencia artificial desarrollado por xAI, no solo gira…
Una serie de contenidos virales en Facebook encendió las alertas de autoridades y organizaciones de…
En 2026, México dará un paso relevante en materia de justicia social y derechos reproductivos:…
En medio de luces, intercambios y agendas saturadas, la Navidad guarda un ritual menos visible…
La diversidad laboral como prioridad en Coahuila El compromiso de Salomón Issa Tafich con la…