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Mujer indígena recibe amnistía después de ir a la cárcel

En octubre de 2021, policías de investigación llegaron al hogar de Bonifacia, una mujer indígena mazahua de 66 años, analfabeta y en situación de pobreza extrema, en Villa de Allende, Estado de México. Con engaños, la sacaron de su domicilio bajo el argumento de que debía declarar en la investigación del asesinato de su pareja sentimental, con quien convivió 15 años. Nunca volvió a casa: fue detenida y posteriormente sentenciada a 8 años y 9 meses de prisión por homicidio simple, sin contar con intérprete ni defensor capacitado en derecho indígena.

Sin debido proceso

Su hija, Julia Cruz, recuerda que aquel día los agentes se negaron a explicar la situación: “Yo les exigí saber qué estaba pasando y me dijeron que ya no la iban a dejar volver porque era responsable de lo ocurrido. Nos trajeron con mentiras, supuestamente para hacer una declaración, y luego dijeron que ya había firmado aceptando la culpabilidad”.

Durante el proceso, Bonifacia respondió constantemente “no le entiendo” a las preguntas del juez y de su propio abogado. Sin embargo, fue sometida a un procedimiento abreviado sin comprender las consecuencias.

Amnistía tras casi cuatro años en prisión

El pasado 11 de agosto de 2025, Bonifacia recuperó su libertad gracias a un pronunciamiento positivo de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (Codhem), que solicitó la aplicación de la Ley de Amnistía. La Codhem documentó que la mujer nunca tuvo acceso a una defensa adecuada y que su condición de género, edad, pobreza y analfabetismo la colocaron en una situación de vulnerabilidad múltiple.

Entre 2021 y 2025, la Codhem revisó 3,832 casos de personas privadas de la libertad; de esos, emitió 23 pronunciamientos de amnistía y 20 resultaron en la liberación de igual número de personas, 17 mujeres y 3 hombres, lo que significó que el Estado perdonara más de 400 años de prisión.

Para Julia, la hija de Bonifacia, la experiencia fue devastadora: además de sostener a su familia bordando y vendiendo servilletas, enfrentó el rechazo de su comunidad. “Aquí todos nos dieron la espalda. Nos gritaban que éramos la familia de una ‘matona’. Fue muy duro, volvíamos a casa y nos poníamos a llorar”, relata.

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EDITORIAL

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