Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan y María Fernanda Espinosa forman parte de la conversación sobre el futuro liderazgo de Naciones Unidas.
Ocho décadas después de su fundación, Naciones Unidas enfrenta una pregunta que parece tan simbólica como política: ¿por qué ninguna mujer ha ocupado la Secretaría General de la organización?
La discusión volvió al centro de la escena internacional durante un debate celebrado en Ginebra, donde tres de las candidatas que aspiran a suceder a António Guterres coincidieron en un punto: la ONU necesita cambios profundos y una mujer podría encabezar esa transformación.
La chilena Michelle Bachelet, la costarricense Rebeca Grynspan y la ecuatoriana María Fernanda Espinosa compiten por dirigir el organismo multilateral más importante del mundo. Si alguna de ellas resulta elegida, se convertirá en la primera mujer en asumir el cargo desde la creación de Naciones Unidas en 1945.
Más allá de las candidaturas individuales, el proceso ha reabierto una conversación más amplia sobre representación, liderazgo y los espacios que las mujeres siguen intentando conquistar incluso en instituciones que promueven la igualdad de género.
La ONU ha tenido nueve secretarios generales a lo largo de su historia. Todos han sido hombres.
El dato resulta llamativo para una institución que durante décadas ha impulsado iniciativas relacionadas con los derechos de las mujeres, la igualdad de oportunidades y la participación política femenina.
Por ello, diversos gobiernos y organizaciones han insistido en que la próxima designación representa una oportunidad para corregir una ausencia histórica.
Durante el debate, María Fernanda Espinosa señaló que ya es momento de que una mujer llegue al puesto. Sin embargo, matizó que el objetivo no debería limitarse a una cuestión de género, sino a encontrar a la persona mejor preparada para dirigir la organización en un contexto internacional cada vez más complejo.
Michelle Bachelet expresó una idea similar. La expresidenta chilena sostuvo que el cargo debería recaer en una mujer capaz de tomar decisiones difíciles y alzar la voz cuando sea necesario.
Las declaraciones reflejan una tensión que aparece con frecuencia en discusiones sobre representación: la importancia de abrir espacios históricamente negados sin reducir el debate únicamente a la identidad de quien los ocupa.
La elección ocurre en un momento especialmente delicado para Naciones Unidas.
Los conflictos armados en distintas regiones, la crisis climática, el debilitamiento del multilateralismo y los problemas de financiamiento han alimentado cuestionamientos sobre la capacidad del organismo para responder a los desafíos actuales.
Las candidatas reconocieron ese escenario durante el encuentro en Ginebra.
Espinosa defendió el papel de la ONU como la única plataforma global capaz de reunir a prácticamente todos los países del mundo para enfrentar problemas comunes. Aun así, reconoció la necesidad de modernizar estructuras y fortalecer la capacidad de respuesta de la organización.
Por su parte, Grynspan advirtió que Naciones Unidas debe construir nuevas alianzas fuera de sus canales tradicionales y adaptarse a un entorno internacional cada vez más fragmentado.
La discusión refleja una preocupación compartida por numerosos analistas: cómo mantener vigente una institución creada después de la Segunda Guerra Mundial en un contexto global muy distinto al de mediados del siglo XX.
La posibilidad de que una mujer llegue a la Secretaría General también plantea preguntas sobre la manera en que se ejerce el liderazgo en los espacios internacionales.
Durante años, distintos estudios han señalado que las mujeres continúan enfrentando mayores obstáculos para acceder a posiciones de poder político, económico y diplomático. Aunque la representación femenina ha aumentado en numerosos países, las posiciones más altas siguen ocupadas mayoritariamente por hombres.
Por ello, la elección del próximo liderazgo de la ONU podría convertirse en un mensaje con alcance global.
No porque una mujer garantice automáticamente una gestión diferente, sino porque su llegada marcaría un cambio en una institución que durante 80 años ha reservado su máximo cargo a perfiles masculinos.
La decisión final dependerá de los Estados miembros y, especialmente, del Consejo de Seguridad, donde los cinco miembros permanentes mantienen poder de veto. Mientras avanzan las negociaciones diplomáticas, la pregunta permanece abierta: si la ONU ha impulsado durante décadas la igualdad de género, ¿está preparada para reflejarla en su propia estructura de liderazgo?
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